Mi abuela.
En mis cumpleaños, mi abuela materna solía hablarme por teléfono y tocarme las mañanitas con la armónica; cuando venía de visita me hacía avena y siempre dijo que yo tenía una voz dulce. Hoy encuentro el siguiente texto el cual reproduzco fielmente y que fue escrito por una de las personas más inteligentes que conozco que es el hermano de mi madre que si bien refleja a la perfección el carácter de mi abuela, retrata también el agonizante presente que ahora vive y que sin duda nos duele a los que somos sangre de su sangre.
Mi Madre
Por: Carlos Mongar
Mi madre fue la tercera de cinco hermanos. Su padre fue un severo cristero que salvo el pellejo, requerido en 1928 por el gobierno federal, y vivió permanentemente en lucha, hasta su muerte, contra las tentaciones de Satanás. La madre de mi madre fue sólo el recuerdo de una sonrisa que se convirtió en sueño.
Mi madre no tuvo más escuela que la primaria y una vida desdichada que la llevó a buscar refugio en los libros. No conozco a nadie que haya leído más que ella. En una ocasión, cuando ya contaba yo con una bien dotada biblioteca, mi madre interrumpió mi concentración, durante la preparación de un texto. “¿Tienes alguna novela que valga la pena y yo pueda leer?”, me dijo, con ganas de entablar conversación. Yo, desesperado por no desconectarme de la vena creativa y terminar mi escrito, no dije nada. Me dirigí a un estante, tomé los dos volúmenes de “La Regenta”, de Leopoldo Alas “Clarín”, en la edición de Cátedra. “Aquí tienes para que te entretengas un buen rato”, dije al hacer entrega de tremendo mamotreto, creyendo que le hacia una travesura y esperando que se pasara meses leyendo el novelón de marras. Sin embargo, mi madre me tenía reservada una lección: no transcurrió una semana y meditabunda se me acercó, “aquí están tus libros”; pensando que se había cansado de la kilométrica novela, pregunté: “¿Te aburrió, quieres otra?” Me miró con la mirada plácida del éxtasis y respondió: “Leer es una bendición, descubrimos la vida a través de los libros, aprendemos más de nosotros y de los demás”, y con lagrimas en los ojos de emoción, empezó a contarme el argumento de “La Regenta”.
Desde muy pequeño mi madre despertó en mí el placer de la lectura, el amor por los libros. Aún recuerdo cuando compró en abonos “La hora del niño” y El tesoro de la juventud”, fue como si me hubieran regalado un pase permanente de la biblioteca de Fantasía. Era la época en que la T.V. aún no corrompía la imaginación de los niños.
Mi madre también me enseñó el poder de la Mnemotecnia, y aprendí varios poemas que a veces decíamos a dúo: “Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,/ porque nunca me diste ni esperanza fallida/ ni trabajos injustos, ni pena inmerecida… (Amado Nervo); o, “Nadie fue ayer,/ ni va hoy,/ ni irá mañana/ hacia Dios/ por este mismo camino/ que yo voy./ Para cada hombre guarda/ un rayo nuevo de luz el sol…/ y un camino virgen/ Dios.” (León Felipe).
Ahora mi madre tiene 90 años y está estacionada en un yonke para ancianos, porque la mayoría de sus hijos decidió democráticamente que ese era el mejor lugar para ella; si fuéramos esquimales, democráticamente ya se la habría comido el oso, o los zopilotes como en la película “La balada del Narayama”. Ahora he aprendido de y con mi madre que en sociedades como la nuestra, los ancianos ya no son los depositarios de la sabiduría de la familia, la tribu o la sociedad; los ancianos se han convertido en un estorbo. Ser viejo y sin dinero es ya no ser útil, y lo que no es útil en una sociedad utilitaria es pieza de desecho.
Para hacerle buenas trampas a la locura, como pedía Rimbaud, hemos establecido que ella y yo somos los gemelos de la paradoja de Einstein: ella es la viajera de las estrellas y yo, el gemelo que se quedó en la Tierra; a su regreso se encontraba más envejecida que yo. Ahora todo es cuestión de palabras como en los libros.
En días pasados imaginábamos otras posibilidades de la realidad en dimensiones paralelas, todo en el marco del juego de los gemelos, cuando de pronto me percaté de su mirada sombría, y pregunté: “¿Qué pasa?”. “Me la paso esperando…”, respondió. “¿Esperando?”, repuse. “Sí, me la paso esperando a Godot”. Me sorprendió, sabía que se refería a la obra de Samuel Beckett, y sabía que, ya no estábamos jugando, o empezábamos a jugar el juego frente al espejo que refleja la muerte. Queriendo ser prudente como quien sabe que camina en el abismo, señalé: “Libro difícil de leer, mamá, pero ¡quién crees tú que sea Godot?”. “Godot es Dios –respondió-, Dios que no llega. Nunca llega cuando lo necesitamos, o quizás ya se olvidó de mí”. Tal vez, el mismo Beckett se hubiera sorprendido de la interpretación de mi madre. En ese momento yo sólo alcancé a recordar un aforismo de Roger Munier: “Desde que los dioses murieron, el enigma no tiene rostro. Él es verdaderamente el enigma”. Mi madre como lectora, ahora lo sé, ha buscado el sentido de la vida en los libros y espera a Godot en el yonke del olvido.
Por mi parte, estoy de acuerdo con Albert Camus, al Cosmos le importa tres pitos el bienestar humano. Y, coincido con el físico Steven Weinberg, en que “Cuanto más entendemos el Universo, menos sentido le encontramos”.
Y como mi madre me enseñó el valor de la esperanza, afirmo con Henry Miller, autor de:”El coloso de Marusi”, obra que fascinó a mi madre: “Hay que darle un sentido a la vida, por el hecho mismo de que carece de sentido”.
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